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lunes, 14 de abril de 2014

Bali: La isla de los Dioses



En Bali la vida es sencilla. La fórmula que emplean funciona y contagia. Por alguna razón es el único reducto de la gran Indonesia musulmana que sigue practicando el hinduismo. La filosofía del balinés es la particular interpretación de un credo heredado hace siglos de la India, y ya ha adquirido carácter propio. La esencia es simple: Un esmero compulsivo en dar gracias por todo lo que le rodea. Agradecen a múltiples deidades mediante continuas ofrendas y con ello limitan, sin quererlo, a su propio ego. El karma es quien acaba ejerciendo de implacable juez,  y por ello se le respeta con temor.

Las ofrendas son pequeñas bandejitas del tamaño de una mano hechas con hojas de platanera y palmera, y con un mágico contenido: pétalos de flores, arroz, una golosina y siempre el omnipresente incienso, cuyo olor impregna toda Bali. Estos paquetitos celestiales se colocan donde se crea preciso; el comedor, la cocina, en la entrada de las casas, junto a iconos de sus divinidades. Se obsequia al mar, a la luna, a las piedras, a la lluvia y a su ausencia, a todo aquello que creen valioso; coches, motos, incluso a los pies de las cabañas donde dormimos los extranjeros que les traemos fortuna.

Cuesta no sorprenderse con el fervor y la dedicación con la que los Balineses acometen su continuo ritual. Es fácil acabar por creerlo excesivo: “una esclavitud”, se suele oír decir a los occidentales.  Conversando con el hijo de un experimentado teólogo escandinavo que hace unos años visitó la isla nos decía: “parece como si esta sencilla gente, en su humilde ignorancia, olvidara que lo importante no es la cantidad, sino la calidad del gesto”. En cualquier caso, es evidente que el primer impulso del Balinés es sonreír, agradar y ofrecer. Ya quisiera yo más extendido ese hábito en occidente. 

El lado oscuro de esta isla lo conforma la superpoblación, la ausencia de saneamiento y una inexistente gestión de basuras que se suple con la quema diaria de lo inservible. Las consecuencias son las esperables en una nación donde corrupción y política son casi sinónimos.

En su conjunto Bali tiene mucho que ofrecer, y si se aplican los filtros precisos, es un paraíso que se ama y se odia, como corresponde a las pasiones. Su olor es una mezcla  de humo de hoguera, de incienso dulzón y de fruta pasada. Su aspecto agrada, la luz es abundante y rojiza, la vegetación exuberante y el balinés la sabe combinar con armonía. Unos húmedos treinta grados centígrados lo catalizan todo. El resultado es, como poco, curioso. Empalaga pero atrapa y el visitante se ve irremediablemente obligado a regresar. Una y otra vez.


Bali Bukit - Península de coral  y nuestra casa los próximos meses



Bingin - Cuando el mar y  el sol se retiran 


Nusa Dua
Oswald piensa

Arrozales cerca de Ubud

Felicidad en Padang Padang

Pura Luhur Uluwatu: Kecak fire dance

Rama y Laksamana. Interpretación del texto épico hindú de Ramayana en Uluwatu

Ofrenda al mar

Coconut at Didi´s

Todos los días

"Buenas noches sol"

Guardia popular en Padang

Padang Padang. Ceremonia por el fin de la temporada de lluvias


Amigas al sol

Bingin cliff. Marea Vacia
"Pishing"

Ubud. Pura Taman Saraswati


Barong y Hanoman custodian la entrada al templo

Cosecha del arroz cerca de Ubud

Baile de grano y viento

Infraganti: Danau Batur. Kintamani 

Carretera inundada, niño feliz

Ventita en Trunyan. Lago Batur

Monalisa

Batur. Lago y Volcán. Ultima erupción en 1963




jueves, 27 de marzo de 2014

Terra Australis

Hemos comenzado nuestro viaje hacia el oeste. Nos fuimos de Nueva Zelanda  con sensación de pena, esa que se tiene cuando acaba algo, cuando se dejan amigos atrás a pesar de que otros nos esperaban en Australia. Llegamos a Sydney un domingo al medio día, apenas tres  horas de vuelo desde Wellington, esta vez sin Jet-Lag y con la fortuna de contar con otra cara amiga. Axel Veyrat nos esperaba en el aeropuerto para pasearnos por su barrio Manly y el nuestro durante unas semanas. Desde hace años Axel vive expatriado labrándose su futuro laboral fuera de las islas. Ha vivido en  ciudad de México, Toronto y ahora en Sydney, construyendo un túnel con Dragados en Eping. 

Cualquier impresión que pueda hacerse uno de Australia en sólo un mes será por seguro incompleta. Un enorme continente rojo que lleva a la deriva desde que en el Jurásico empezó a separarse de la Antártida y de Nueva Zelanda para seguir en solitario hace 200 millones de años. Los mamíferos -que ya existían entonces- nunca llegaron a colonizar Nueva Zelanda. Sin embargo, una singular avanzadilla de estos animales que destacaba por no desarrollar placentas sí que logró alcanzar Australia antes de que ésta se separara de la entonces calurosa Antártida. Esos mamíferos marsupiales nacían siendo aún embriones para desarrollarse luego en bolsas externas donde se amamantaban durante meses. El aislamiento y clima australiano condicionaron su diversificación: Wallabies, canguros, koalas, wombats, possums, demonios tasmanos... un largo etcétera de mamíferos únicamente marsupiales. Nos sorprendió su abundante presencia. Es frecuente ver manadas de canguros pastando cerca de las carreteras o a los wallabies merodear cerca de las zonas pobladas por las mañanas.


Otra vez el anglosajón se apoderó de lo que encontró. Se asentó en la fértil franja litoral y condenó al aborigen, que llevaba 40.000 años en Australia, a un destierro interior. Lo marginó legalmente hasta 1962, año en que se le concedió derecho al voto, después de haberlo llevado casi a la extinción. El hombre blanco fue haciendo concesiones poco a poco. En 1992 declaró no válido del concepto de terra nullius con el que durante la época de la colonización se reclamaban los territorios descubiertos como tierras no ocupadas lo que le permitía apropiarse de ellas legalmente. Con esta declaración, los aborígenes recuperaron algo que era de su propiedad, pero sobre todo recobraron su orgullo. En 2009, se aprobó en el parlamento Australiano la “Moción de Reconciliación” a partir de la cual el primer ministro presentó oficialmente “disculpas nacionales” a las generaciones robadas de aborígenes. Con ese gesto quedaba lavada la conciencia del invasor, pero lamentablemente el daño ya estaba hecho. La población aborigen actual apenas alcanza un 1%, y al contrario de lo que se aprecia en Nueva Zelanda, no están nada integrados en la sociedad. 

Sydney es una ciudad increíble. Agrupa perfectamente el distrito financiero, la estación de ferrys y metros, la terminal de transatlánticos, la ópera y un enorme parque en un mismo enclave. Desde Circular Quay todo Sydney, su enorme bahía y su parque nacional quedan a mano. Por mar, la red de ferrys conecta cada cuarto de hora cualquier punto; Manly, Mosman, Taroonga, Parramata, Darling Bay,  Woollomoolloo, Watson Bay, etc.

Al norte de Sydney, a escasos 40 minutos en bus desde Manly Wharf, se llega a Pittwater. Es una gran bahía que compite en tamaño con la de Sydney, pero que es mucho más virgen. Desde Church Point sale un barco cada media hora que trae, lleva y suministra a los que viven a orillas de la bahía, sin carreteras en su costa noroeste pero salpicada de embarcaderos que hacen de paradas eventuales. Basta con colocar una bandera roja en la caseta del embarcadero para que el patrón del barco sepa que alguien espera. “Simple pero efectivo... a menos que haya niebla” apuntaba Michael Doherty, el propietario del albergue YHA en Pittwater. Se encuentra en pleno parque nacional de Ku Rin Gai, uno de los más de 800 parques que hay sólo en Nueva Gales del Sur. Scotland Island, a 5 minutos en  barco desde Church Point, es el lugar perfecto para el retiro de cualquiera. Casas de diseño que se camuflan ente bosques de eucaliptos, casi todas con embarcaderos propios. Tres veces en semana, siempre por las tardes, los vecinos aparejan sus veleros para entretenerse compitiendo en la bahía. Quizá es ese aspecto el que más no llamó la atención del australiano blanco, su calidad de vida. Se aprovecha desde el amanecer hasta el anochecer para disfrutar.

El “life style” de la costa este de Australia bien merece ser exportado al resto del mundo. El deporte es el entretenimiento favorito y sobre todos destaca el surf. No son sólo jóvenes de pelo rubio quemado por el sol, también hay abuelos de pelo blanco y piel arrugada, y señoras con bañadores estampados surfeando con estilo impecable los picos de las mejores olas. Padres enseñando a hijos, la familia al completo; guaguas escolares que a media mañana aparecen en las playas con tablas de surf y niños que salen uniformados zumbando hacia la playa, hacia el mejor gimnasio.

La East Coast está repleta de nombres emblemáticos para los que crecimos leyendo revistas de surf: Coollangata, Byron Bay, Narrabeen, Gold Coast, Newport, sitios que fueron la cuna de Cheyne Horan, Barton Lynch, Tom Carrol, o Mark Richards; mis ídolos de cuando niño.

Si hay algo que cualquier español echará en falta en las playas australianas es un chiringuito donde poder comer o tomarte una cerveza. Sólo se ven Life Saving Clubs, que combinan el  salvamento con escuelas de surf, siempre llenas de niños y a cualquier hora, aún lloviendo. Funcionan como clubs sociales donde el mar y el deporte son los mayores exponentes. La falta de sitios donde comer en las playas la suplen las parrillas a gas de uso público que se pueden usar pinchando una moneda de dos dólares. Hay que tener cuidado con lo que se bebe en la playa, la ley australiana es muy estricta con lo del consumo de alcohol: sólo a determinadas horas y en sitios autorizados. No busques cervezas ni vino en un supermercados porque sólo los venden en licorerías.    

Se necesita toda una vida para conocer bien este gran continente. Soñamos con el Outback Walkabout, nuestro rito iniciático en el gran desierto interior que nos atemoriza y seduce; con CapeTribulation; con La Gran Barrera de Coral, que lleva latiendo más tiempo que ningún otro ser viviente del planeta; y sobre todo  con The Kimberleys, en Western Australia, lo más remoto y salvaje, donde los ríos retan al mar …..mil razones para volver.


Sydney Opera House
...by night





HMS Queen Elizabeth en Sydney harbour. En el Mardi Gras de Oxford Street estaban todas las locas...!

Sydney Harbour Bridge


Jelly Fish en Crescent Head. NSW. Back Beach

Crescent Head Creek

Shhhh!




Crab-Art.  Lennox Head


Momento Diario


Oswald´s Walkabout



Shelly Beach. Manly. NSW

Scotland Island. Pittwater. Sydney


Kayaking en Mooring Bay. 

Ku Rin Gai National Park

El wallabie observa

Sulphur Crested kakatoo. Protegía a gritos su nido en un Eucalyptus